Hacia una axiología socio-integradora del desarrollo humano desde la psicología del deporte

Por el Dr. Héctor Fischer y el Dr. Miguel A. Somogyi

En diferentes estratos sociales, en distintos campos del conocimiento y en diversos medios de comunicación que a diario se ocupan del deporte, se habla de la importancia de la práctica deportiva para el desarrollo humano de las capacidades físicas. Poco o nada se dice, en cambio, de la importancia del deporte como medio para educar en valores y, por ende, alcanzar el perfeccionamiento moral y el equilibrio psicológico a través de las realizaciones atléticas y éticas en el campo de juego.

Como método formativo, el deporte no solo permite adquirir una formación motriz que capacite al individuo para responder mejor a los estímulos físicos que impone la vida diaria, sino que, en tanto está ligado a las edades tempranas —infantil y juvenil— donde el niño y o el joven aprenden gestos, habilidades, destrezas comunes, que le permitirán ir descubriendo sus capacidades funcionales, representa un vehículo formidable y un instrumento eficaz para educar a las nuevas generaciones en valores, inculcándoles, junto con el aprendizaje de una especialidad deportiva, principios éticos y morales que lo formen en toda la dimensión integral del ser psico-bio-axio-espiritual.

Antes de entrar a considerar qué puede aportar la ética axiológica a la ética deportiva convendría traer a colación aquel aserto de Schopenhauer, según el cual es más fácil predicar la moral que fundamentarla, ya que la moral siempre indica qué se debe hacer, mientras que la ética pregunta por qué e intenta consecuentemente dar una respuesta no solamente racional, sino, de forma más precisa, espiritualmente valorativa o axiológica. En tal sentido, la ética axiológica puede apoyar y vigorizar los juicios de la moral deportiva, pero, de un modo todavía más importante, también puede cuestionarla o señalar en ellas eventuales, no por ello menos frecuentes, arbitrariedades y prejuicios. Generalmente se habla de moral deportiva a secas, sin adición más detallada, pues no se trata todavía del por qué valorativo del espíritu axiológico, sino, antes bien, de una descripción generalizada de la conducta competitiva, aquello qué se debe hacer, deportiva y colectivamente, sin hacer referencia a éste o aquel deportista determinado, vale decir, al individuo socializado deportivamente que es parte de ese todo que es su comunidad específica.

Sabido es que el proceso de socialización en el deporte se ha venido estudiando desde tres perspectivas diferentes: la antropología, la sociología y la psicología. Tanto desde el punto de vista de la sociología como desde el de la psicología, admiten hoy día que el proceso de socialización se desarrolla en tres fases: socialización desde el deporte, socialización por el deporte y abandono o retirada del deporte. El punto de enfoque de todos estos puntos de vista converge hacia la consideración de los principales agentes de socialización deportiva – los padres, los educadores, los entrenadores, el grupo de iguales, los organizadores, los árbitros y jueces, los deportistas profesionales y los medios de comunicación–, quienes, de una forma u otra, pueden afectar la calidad de la experiencia deportiva y la orientación de los valores de los jóvenes participantes, desviándolos hacia una conducta unilateral y extremadamente competitiva. En efecto, la influencia psico-social de los agentes de socialización deportiva gravita desde edades tempranas en la adaptación a la competición deportiva, formando su espíritu inculcándole los principios de la lealtad deportiva, los cuales no solo incidirán preventivamente en su comportamiento o conducta deportiva, evitando actitudes antideportivas o violentas, sino en la motivación psicológica y moral para seguir participando.

Sin embargo, todos los aquí presentes sabemos que el deporte comprende una inmensa realidad social atravesada, desde su misma base, por una serie de connotadas situaciones conflictivas que ponen al hombre actual sobre el filo de la navaja. Vivimos, esto es evidente, en una sociedad violenta. Bastaría con hacer un simple análisis de las noticias principales difundidas por los medios de comunicación para convencernos de que un número muy elevado de informaciones reflejan algún tipo de violencia social. Sabemos que los medios de comunicación social pueden contribuir a sobredimensionar subjetivamente el fenómeno de la violencia, social o deportiva, en la misma medida que, al igual que la guerra, le proporciona un interés morboso a la nota del día; sin embargo, nuestra vivencia cotidiana indica que las noticias sobre la violencia deportiva y otras formas de agresión tienen un asidero real, más allá de las discusiones sobre las variaciones que pueden mostrar los índices estadísticos.

Lo cierto es que muchas de las actividades humanas están presididas por la violencia, desde un partido de fútbol hasta un concierto de música popular, sin mencionar aquellos conflictos de mayor envergadura y más violentos como los actos de terrorismo y las guerras. Hoy el conflicto y la violencia se ha trasladado al deporte, se han instalado en el campo de juego y en las tribunas, al mismo tiempo, hasta el punto que es frecuente, en el habla coloquial y en el periodismo, referirnos a un “duelo de hinchadas”.

Muchas veces, como impávidos testigos, asistimos a hechos de violencia en espectáculos que se convierten súbitamente en ardorosos frentes de batalla que trasladan su hostilidad desde el campo de juego o el escenario hasta las tribunas. Esto demuestra que bastaría con que el límite simbólico que separa los márgenes de la violencia y el deporte se esfumasen de pronto, súbitamente, para que la confrontación violenta se haga efectiva tanto en el campo de juego como en la tribuna, marcando así el fracaso de todo mecanismo contenedor. Según su etimología, el término violencia viene del latín violentia, designando, por un lado, la “calidad de violencia” y, por otro, la “capacidad” o el “acto de violentar”. Una segunda acepción es “acción violenta” o “contra el natural modo de proceder”. Violento, en consecuencia, es aquel que usa inmoderadamente su fuerza o, en sentido más propio, quien abunda en la fuerza bruta. Sin duda, los matices semánticos de la palabra violencia están incorporados a un repertorio muy rico, que recoge muchas acepciones, y esto es porque se puede hablar de violencia desde muchos puntos de vista, tal como ahora lo hacemos nosotros, ubicados en la perspectiva del deporte amateur. Desde el punto de vista deportivo, la violencia implica una fuerza que actuando desde fuera hacia dentro de un deportista, o desde dentro del deportista hacia fuera, contra un rival o un árbitro e incluso el público, se manifiesta de una forma no natural, contraria a la tendencia edificante del deporte.

Lo digno de retener de todo lo anterior no es el dinamismo y la complejidad de la violencia, ya que ambas categorías son inherentes a toda realidad y a su análisis, sino el hecho de que ese dinamismo y esa complejidad están determinados, en gran medida, por una conducta violenta que rebasa la institucionalidad encargada de controlarla. Con todo, existe una función mediadora y pacificadora entre las partes en conflicto y esta función es la que corresponde, en tanto que dinámica formadora del espíritu deportivo, a la educación. La educación puede, en efecto, servir como un marco de contención capaz de evitar la agresión y controlar sus desbordes.

No podemos promover valores desde la sola enunciación teórica y clasificatoria de los mismos, ya que la única y verdadera validez del valor es aquella que se demuestra en la conducta a través de las actitudes y las vivencias cotidianas en relación con el otro. Así, la solidaridad, la confraternidad, la cooperación y otros son valores genuinos y válidos cuando cada uno de nosotros es solidario, fraterno y cooperativo en toda relación interpersonal.

Esta propuesta para una filosofía del deporte podría ser considerada como base y soporte para todas aquellas alternativas cambiantes del deporte (triunfos o derrotas) como una preparación interior para las frustraciones y los éxitos que la vida nos proporciona en los planos laboral, afectivo, económico y social.

La pregunta más apremiante a la luz de lo que acabamos de expresar es entonces: ¿de qué manera el deportista podrá romper las cadenas de la conducta competitiva agresora, cuyo objetivo más extremado consiste en ganar a como diese lugar, y recobrar esa referencia axiológica asumiéndose como un portador de una realidad valorativa que está dentro y no fuera de él?. Es que, justamente, las condiciones sociales y sus implicancias psicológicas que más arriba hemos descrito y que son las que actualmente acompañan al deporte de alta competitividad, donde el objetivo tanto de dirigentes, técnicos, jugadores, periodistas deportivos y público, están centrado únicamente en ganar o ganar, hacen olvidar al joven, y muy frecuentemente a los agentes de la socialización deportiva, que el deporte es ante todo una forma de interactuar de un joven con otro joven o con una colectividad humana. Actitudes sociales oportunistas como las precedentemente subrayadas hacen recaer su acento en el aspecto puramente competitivo de la práctica deportiva, soslayando imprudentemente el hecho de que esa misma conducta competitiva pone en movimiento fuerzas vitales agresoras y destructivas que si no son contenidas y superadas por un plano más elevado, el espiritual valorativo o axiológico, puede conducir al joven hacia conductas antisociales y patológicas.

De acuerdo con lo que acabamos de expresar, en consecuencia, partimos de nuestro convencimiento de que la ética deportiva debe ser complementada y fundamentada por la ética axiológica, para que, de un modo preventivo, sirva para preparar al joven deportista como un portador de sentido espiritualmente valorativo, esto es, sacarlo de ese estado de indiferencia apreciativa y desarrollar en él la atracción por los valores vitales y ético-espirituales.Nuestra propuesta, en consecuencia, consiste en considerar el deporte amateur no solo desde la competencia sino además, desde un punto de vista axiológico, viendo al joven deportista como una unidad existenciaria que al proyectarse, lanzarse delante de sí misma, puede ir construyéndose a partir de sus propias elecciones y escala de valores. Entre otros objetivos, la ética axiológica en el ámbito de la moral deportiva de competición, puede contribuir no solo a hacer óptimo el funcionamiento de los jóvenes deportistas en las sesiones de entrenamiento deportivo, favoreciendo el máximo aprovechamiento del tiempo de práctica mediante el estrechamiento de lazos de una camaradería que, a diferencia de la práctica deportiva competitiva profesional, no sea superficial ni circunstancial, sino ocasión permanente de amistad, solidaridad, concordia y fraternidad. En este contexto, la incorporación de una ética axiológica a las estrategias psicológicas y al método habitual de entrenamiento, puede mejorar el rendimiento de los jóvenes deportistas en los ejercicios de ensayo repetitivo de habilidades que se dominan, al incidir favorablemente, en su motivación y atención, durante estos ejercicios.

La Psicología deportiva, precisamente, debe tomar la iniciativa y transformarse en una promotora de la conducta deportiva basada en un patrón axiológico y acompañar la función del entrenador, convirtiéndolo en un entrenador técnico de habilidades psicológicas y cualidades axiológicas que, a diferencia del mero entrenador técnico, tendrá no solo la función de la formación física del joven deportista sino, asimismo, las responsabilidades éticas de cultivar el espíritu valorativo mediante la transmisión de un sentido de la vida superior y trascendente. Pensamos que la aplicación de una ética axiológica a la ética deportiva contribuirá a reducir los efectos negativos de la ansiedad que aparecen siempre durante el entrenamiento físico programado en aptitudes de fuerza, habilidad y resistencia. Efectivamente, el cultivo de un espíritu valorativo basado en la confraternidad, la solidaridad, la concordia, la cooperación, cumplirá una función amortiguadora de la conducta competitiva porque toda actitud agresiva o desleal le permitirá al entrenador técnico de habilidades psicológicas reinterpretar los síntomas de ansiedad de sus dirigidos positivamente y utilizarlos de modo compensatorio.

Como se puede ver, más que la minuciosidad en la exposición, nos hemos centrado en llamar la atención sobre aspectos frecuentemente descuidados de la práctica deportiva, y en sugerir pautas que puedan mejorar en lo sucesivo el trabajo práctico del entrenador técnico y la comunicación con sus dirigidos. La finalidad de la ética axiológica, en relación con la ética deportiva, es la consecución de un desarrollo deportivo eficiente mediante el uso adecuado de recursos y técnicas de entrenamiento que erradiquen la violencia en la conducta competitiva a través de la construcción de relaciones valiosas entre el joven deportista y la comunidad humana de la que forma parte. La ética axiológica aplicada a la moral deportiva puede transformarse, por lo mismo, tanto en una filosofía como una técnica. Es una filosofía en la medida que puede y debe ser entendida como un sistema de pensamiento, es decir, un conjunto de creencias, valores, opiniones y actitudes sobre cuál es la forma más correcta de enfocar las actividades de intercambio competitivo entre un deportista y su entorno. Es una técnica o conjunto de técnicas, ya que implica el desarrollo y utilización de una serie de recursos físicos, morales y psíquicos, elaborados desde la disciplina de la psicología deportiva o tomados de otras disciplinas y adaptados a ella.

2. La formación ética en valores como prevención de los trastornos depresivos

La formación ética y moral en valores puede ser una herramienta eficaz para la prevención de la violencia, tal como hemos visto anteriormente, sino también de serios trastornos físicos y psicológicos, como una lesión o un trastorno depresivo. La depresión puede destruir tanto la vida de la persona enferma como la de su familia. El deportista amateur de alto rendimiento, debido a las presiones a que se ve sometido por las exigencias de la competición, también es presa de la depresión. Sin embargo, en gran parte, este sufrimiento se puede prevenir a través del desarrollo de una ética axiológica que sea concomitante con una ética deportiva.

Los deportistas, al igual que la mayoría de las personas deprimidas, no siempre buscan tratamiento, aún cuando la gran mayoría —incluso quienes sufren de depresión severa— podría recibir ayuda, .sino simplemente una valoración o un reconocimiento de los demás. El trastorno depresivo es una enfermedad que afecta el organismo, el ánimo, y la manera de pensar. Afecta la forma en que una persona come y duerme, pero, sobre todo, cómo uno se valora a sí mismo (autoestima) y la forma en que uno piensa. Un trastorno depresivo no es lo mismo que un estado pasajero de tristeza. La depresión no es solamente estar triste, sino, principalmente, estar falto de placer y de interés en las actividades habituales, tener inhibición o agitación en el modo de desarrollar esas actividades, estados que, por lo general, van acompañados por sentimientos de desesperanza, culpa, ruina y minusvalía, ya que quienes padecen de un trastorno depresivo no pueden expresar simplemente un deseo de recuperarse o de ponerse bien, necesitan que se les reconozca y valore.

Es que la depresión produce en la persona una crisis de valores en la estima de sí misma (autoestima) y de sus circunstancias: hay pesimismo constante, desesperanza, ideas de acusación o de indignidad, de ruina, de negación. En efecto, las personas con poca autoestima se perciben a sí mismas y perciben al mundo en forma derrotista. También los deportistas con poca autoestima y que se abruman fácilmente por el estrés de una competencia están predispuestos a la depresión. En términos generales, no se sabe con certeza si esto representa una predisposición psicológica o una etapa temprana de la enfermedad, pero, en cambio, se sabe que el sujeto depresivo se siente apático y sin deseos de atender a sus propias necesidades físicas, lo cual prolonga el periodo de recuperación. Los factores que inciden en falta de autoestima en el deportista no solo obedecen a un deseo de reconocimiento o de valoración, sino que, como cualquier persona, también influyen en su ánimo y afectan su rendimiento, la pérdida de un ser querido, los problemas en una relación personal, los problemas económicos, o cualquier situación estresante en la vida (situaciones deseadas o no deseadas) también pueden precipitar un episodio depresivo. Las causas de los trastornos depresivos generalmente incluyen una combinación de factores genéticos, psicológicos y ambientales. Después del episodio inicial, otros episodios depresivos en el deportista casi siempre son desencadenados por un estrés leve, e incluso pueden ocurrir sin que haya una situación de estrés competitivo.

Cuando el deportista está estresado, vale decir, se siente desganado, sin energías, sin motivaciones para seguir practicando su deporte, se dice que este deportista está quemado. Esto quiere decir que se encuentra en ese estado que se conoce bajo el nombre de Síndrome de Burnout. Las sensaciones que acompañan a un deportista que padece el Síndrome de Burnout son, a saber: baja autoestima, depresión, fracaso. Al quedar cuestionada y dañada su capacidad personal, se pone en crisis todo su sistema de valores, entonces, siente que él ya no sirve más, que está acabado o quemado, por tanto, no vale la pena el esfuerzo. Comienza a aislarse, se fatiga con facilidad, sus pensamientos son negativos, pesimistas.

La excesiva exigencia personal también presiona y es causa de depresión que pone en crisis la valoración o estima de sí mismo cuando las metas propuestas son demasiado ambiciosas y poco realistas, en relación a las capacidades del deportista, lo que redundará en perjuicio no solo de su rendimiento deportivo sino todavía más en su sistema de valores. Ambicionar, querer superarse es totalmente deseable en todo deportista, pero como la superación se da de manera progresiva, es necesario establecer metas realistas e ir paso por paso en el camino hacia el éxito, afianzándolo con la inculcación de valores. La educación del deportista en valores puede convertirse en un camino preventivo para evitar la depresión.

Los deportistas amateur abandonan muchas veces la práctica deportiva debido a la presión excesiva o porque la práctica deportiva no les resulta ya satisfactoria, ya sea porque los entrenamientos son tan aburridos y rutinarios que se vuelven poco motivadores a causa de la demasiada rigidez y autoritarismo del adiestramiento. No pocas veces, las elevadas expectativas creadas en torno al rendimiento físico de un deportista en un torneo o en una competencia suelen generar una presión extra sobre este, situación ante la cual reaccionan desarrollando un miedo al fracaso, acompañado por trastornos tales como la ansiedad, frustración con los entrenadores, sensaciones de trabajo excesivo (es decir sobreentrenamiento) o depresión. Los testimonios de deportistas amateur agotados tienen varios puntos en común: sienten la presión de padres y entrenadores para rendir a un alto nivel, y se han preparado con gran intensidad durante demasiado tiempo a costa de otras metas y valores humanos.

De acuerdo con un estudio de Silva, hecho en 1990, los deportistas experimentan agotamiento una o dos veces durante su carrera, casi siempre al final de temporada. Entre las causas señaladas por Silva se incluyen la dureza del entrenamiento, la fatiga física extrema, el tiempo insuficiente para recuperarse del estrés competitivo, la incapacidad para afrontar dificultades y la frustración a la hora de intentar satisfacer a todo el mundo.

Una de las causas más comunes de la depresión que provoca una grave crisis de valores en el ánimo del deportista y una merma considerable en su rendimiento personal, es el agotamiento físico y mental. En relación con las causas de la depresión, Philippe Pinel, a principios del siglo XIX, señaló a las psicológicas, en primer lugar, como causas posibles de la melancolía, describiéndola como una pérdida significativa en la vida, ya sea material o emocional, miedo, etc., solo en segundo lugar, señala a las físicas. En efecto, las causas psicológicas son un factor determinante en los tipos de depresiones neuróticas, llamadas también reactivas, las cuales están muy relacionadas con el término distimia; ya que, tanto en las distimias como en las neurosis, los factores emocionales representan un papel preponderante en el modo de ser del individuo ya que en su personalidad gravitan conductas que se aprenden a través de la estrecha relación con su familia.

De lo anterior se sigue, en consecuencia, que en el agotamiento físico y mental reside la causa principal y directa de su bajo rendimiento personal —lo que se denomina una “mala racha”—, el cual, si se mantiene por un tiempo prolongado, hace que sus resultados no lleguen al nivel personal habitual, produciendo, de manera concomitante, una crisis de valoración de sí mismo. El cuadro se agrava cuando el deportista, tratando de recuperar su nivel personal habitual, reacciona con una actitud extremosa por la que intenta compensar con exceso esa carencia sometiéndose a un exigente entrenamiento suplementario (sobreentrenamiento), introduciéndole en un círculo vicioso dónde el exceso de entrenamiento incide en su mal rendimiento por fatiga física y mental. Si el problema se agrava, el resultado final es el agotamiento y la depresión que, lejos de tratarse ya de una mala racha, se convierte en un problema crónico. La depresión es una patología grave. Aunque se pueda pensar que las malas rachas se superan, debe tenerse en cuenta que la depresión es una enfermedad, por lo que es necesario acudir al médico y al psicólogo para recibir el tratamiento adecuado.

Cuando la valoración de sí mismo en un deportista solo pasa por el éxito personal, llegar a jugar en una primera división, ser titular en su equipo en vez de suplente, tener una alta cotización o ser transferido a un club extranjero, alcanzar un reconocimiento internacional, triunfar en el extranjero, hará que descuide seguramente otras posibilidades de valoración que podrían haberse logrado en etapas anteriores, si los entrenadores o directores técnicos le hubiesen dado un reconocimiento o una valoración acorde con su nivel competitivo y no le hubiesen sobre exigido en sus entrenamientos buscando en él resultados que exceden sus posibilidades o capacidades competitivas. La frustración por no alcanzar los niveles o logros exigidos, puede desencadenar en el deportista una depresión que puede desembocar en una crisis de valores que no hará más que ir intensificando una desvalorización de sí mismo, si no se está como titular del equipo, si solo será suplente, o si se le descarta porque en realidad es poco diestro o hábil para el juego. Algunos tendrán suerte, pero otros no, para quienes el fracaso deportivo sea la causa directa de su desvalorización, esta depresión se transformará en una frustración que arrastrará el resto de su vida haciéndole fallar en otras actividades. Tal vez otros puedan superarla con otra actividad. Otros, los menos, no encontrarán refugio en nadie ni en nada. Tendrán un final dramático.

Pero los privilegiados son los menos. No todos los deportistas recibirán el trato, consideración, valoración, estima, reconocimiento público, institucional, o fama mundial, que reciben sus colegas exitosos por parte del periodismo deportivo, el que, sabiendo adonde apuntar en nuestra necesidad de consumo. No ayudan al deportista a desarrollar su autoestima ni la valoración del esfuerzo humano, explotan y usan el éxito o fracaso deportivo solo para un fin comercial. Si la imagen de un jugador o deportista se vende bien, será tratado con privilegios, sino será deleitable insultarlo, humillarlo y exponerlo al escarnio público ya que lo importante es vender al deportista como un producto, de ahí la necesidad comercial de sobreestimarlo o valorarlo excesivamente por una mera necesidad publicitaria. Pero esta forma de valorar es ficticia y arbitraria, no está en función de mejorar al deportista, como atleta y ser humano, sino como producto comercial que es perentorio vender mientras se encuentre en la plenitud de su rendimiento y competencia, pasado ese tiempo y abandonada esa necesidad, lo más probable es que el periodismo se olvide de él y se aboque a encontrarle un sustituto, otro deportista, al que halagar y ponderar para convertirlo en un exitoso producto comercial.

A lo largo del presente trabajo, hemos visto que para los seres humanos los vínculos afectivos son tan importantes como los valores éticos y que, en consecuencia, se puede ocasionar una depresión al sentir la destrucción de estos principios básicos sobre los cuales se asienta toda su vida. La destrucción de uno solo de estos elementos es suficiente para que todo el sentido de la existencia se desmorone, originando una depresión dentro de los cuales también están implicados otros factores no menos importantes, como el de su capacidad, destreza, competitividad, rendimiento personal, cuyo cuestionamiento o falta de reconocimiento pueden disparar un trastorno. Cuando una persona se siente, como es característico, muy poca cosa, con el autoestima baja suele en determinados casos «refugiarse» en las drogas o en el alcohol, incluso en el delito, como hemos visto en el caso de figuras deportivas muy populares. Si estos deportistas hubiesen sido educado tempranamente en valores por sus referentes, seguramente, podría haberse convertido en un camino preventivo para la depresión.